la cajera

Era tan fresca y groenlandia
la sonrisa que me mostraba
aquella cajera de Mercadona
que estuve a un solo mirlo
de escribirle un poema
con peces y turrones blandos,
pero pronto caí en la cuenta
de que su sonrisa diablesa
vino forzada por su nómina,
y sólo porque le había pagado
los treinta euros de la factura.

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Sé que en los bordes del calendario
hay cien mares rizándose de alegría;
sé que la belleza del mundo se salta
los semáforos; sé que existe
el ónice y el viento y los fanales
y la palabra sementera,
y aún así,
no sé por qué,
yo sólo puedo cantar a las rodillas sucias de los vencidos,
sólo puedo cantar a las arañas sobre los techos de bálago,
sólo puedo ladrón y piedra y morado y futuro cachicuerno.

Y claro que son bellos los gladiolos cuando retoñan,
y claro que las piruletas de un niño sin dientes,
y claro que el dorso negro y el vientre blanco
de las aéreas golondrinas...

Claro que la sonrisa que me muestra
la cajera de Carrefour
merece pianos de barcarolas y turrones blandos,
pero yo
sólo canto estómagos y puntas de malaria,
pues no olvido que su sonrisa
vino forzada por el salario,
y sólo cuando pagué
los treinta euros de la factura.
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