Tres autobiografías

I
Aquel hombre reía aviones dentro del ojo, 
aquel hombre tronchaba penachos azules 
mirando al vientre de las vacas, 
aquel hombre era clarinetista en Philip Island 
y de noche calzaba tacones depilados 
de cien mujeres sin alcoba, 
pero una tarde el viento 
sopló con cara de frío, 
pero una tarde los relojes 
vestían pantalones cortos, 
pero una tarde las palabras grandes 
parieron hijos concretos 
y de pronto vio 
el suelo, 
por primera vez aquel hombre 
vio el suelo, 
el ahí mismo, 
desmayado y sin ojos, 
el suelo. 

Tan sucio, 
que se puso de su parte. 

II 

Nunca entendió 
por qué las hojas 
se aferran a las ramas 
por qué las ramas 
se agarran a los troncos 
por qué furiosamente 
los troncos 
se hunden hacia las raíces 
por qué debía ser un todo 
por qué debía ser. 

Por eso fundó a Batania, 
para ser hoja 
sin eucalipto 
para ser rama 
sin flamboyanes 
para arrancarse las raíces 
y ponerse a favor 
del hombre sin euskadis 
del hombre sin españas 
del hombre 
que doma caballos 
y oculta su pena 
como puede. 

III 

Tan débil 
que ni siquiera tenía patria, 
tan triste 
que cada hora se inventaba un amor, 
le guiaba sin embargo 
la fuerza increíble 
de sus errores. 
Poeta y poetatriz, 
trenza de primera comunión, 
aunque no era inteligente 
aunque no era bello 
aunque no era 
práctico, 
quería dar 
tales gritos 
tales alaridos 
tales colmillos de sangre 
que esperaba hacerse oír 
en los vientres de las madres 
esperaba asfixiar las temperaturas 
subir tres metros el nivel del agua 
distorsionar las brújulas 
cambiar el rojo del semáforo 
consumar la gran masacre universal 
de aduaneros.